miércoles 2 de marzo de 2011

Sonatas de Scarlatti: entre lo superficial y lo profundo.


Hay compositores musicales que son claros en su discurso, nítidos en su mensaje, transparentes. Hay otros efectistas, que se quiebran en ademanes y gestos grandilocuentes, que construyen más que lo que develan. Pero también hay algunos, los menos, que a pesar de todo lo que traten de adornar su obra, de encubrirla con capas de luces y piruetas, no pueden esconder la fragilidad de su ser, su hondo pantano del alma. A este último grupo pertenecen las sonatas para clavecín de Domenico Scarlatti

A primera vista pareciera ser que estas sonatas (precisamente 555 que se desenvuelven en un solo movimiento cada una) no tuviesen mayor finalidad que el de constituirse en lúdicos ejercicios para divertir a la nobleza. Yo creo que esa aseveración es verdadera. Pero no del todo. En ellas se respira una doble dimensión (quizás gracias al espectacular dominio que Scarlatti demuestra de la modulación): entre lo superficial y lo profundo.

Lo superficial mantiene esa idea de música como divertimento, de lisonja casi danzable, de nobleza regocijada sobre sí misma. Así, lo superficial es lo que más inmediatamente percibimos en las sonastas de Scarlatti: la sonrisa fácil, la compostura alegre y dócil, la dulcificación de las costumbres, las pasiones pacificadas y hasta amaneradas. Si como elemento clave del barroco yace la producción artística de un sentido estético basado en la ornamentación exagerada, exageración que es capaz de articular su infinidad de partes (los detalles) en un todo armónico y coherente (la obra), entonces en el Scarlatti superficial se daría ese discurso claro de estabilidad en torno a la veneración de las altas clases sociales en tanto divertimento y mera entretención. Lo que mueve las sonatas de Scarlatti en su dimensión superficial es la frivolidad misma.

No obstante si uno repara con mayor dedicación en las sonatas del italiano puede contemplar que dichas obras están atravesadas por una oscuridad subyacente. Es decir, estamos ante la dimensión profunda de su composición. Esta dimensión profunda sólo aparece ante el buen oyente a modo de ráfagas, de sombras que se filtran a través de las rendijas de cada teclas. Las oscuridades de Scarlatti son lo que él no puede disimular. Detrás de toda esa frivolidad de la dimensión superficial habita una innegable autenticidad: la del artista, la dolorosa, la sombría, la que ensuciaría cualquier salón burgués. El dolor que reside de modo subetrráneo, telúricamente esporádico, es su única nobleza, la de la melancolía del artista.

Así, su originalidad estética no se basa tanto en hacer dialogar ambas estructuras -la superficial y la profunda- pues se presentan de modo asimétrico, sino en la imposibilidad de poder esconder su propia amargura ante los salones de la burguesía y la nobleza, en la incapacidad del oficio del actuar para otro, en el fracaso del vicio de sonreír hipócritamente. Lo que hace Scarlatti al dejar entrever la oscuridad de la dimensión profunda es afirmar su sensibilidad de artista, la cual dista mucho de la sensibilidad de la clase alta rebosante de fatuidad. Su virtud es el fracaso de la actuación para ese otro noble; y ese fracaso es la virtud del sentimiento auténtico en cuanto artista. 

De esta manera el conjunto de su obra presenta contradicciones estéticas irresueltas, lo cual problematizaría su etiquetación convencional como compositor estrictamente barroco. Bueno, en realidad, hay miles de barrocos.