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lunes, 11 de septiembre de 2017

Sobre el 11 de Septiembre de 1973. Apuntes desde hoy.

El 11 de Septiembre de 1973 funda nuestro Chile contemporáneo. Bajo los gritos de los torturados, bajo el silencio de los desaparecidos, bajo ese “nunca más” como bandera enarbolada por casi todos los miembros de la sociedad actual, se sigue filtrando una violencia tácita y enmascarada, fría, pero no por eso menos cruel. Hoy en día hay un consenso generalizado sobre lo repudiable de los crímenes contra los DDHH perpetrados durante la Dictadura cívico-militar. Pero al mismo tiempo seguimos siendo presas de un sistema político y constitucional degradado y degradante que fue heredado de aquella dictadura y cuya dinámica de acción se basa en la despolitización misma. Seguimos asolados por un modelo neoliberal que bajo el slogan de una mal entendida libertad concentra el poder económico en un puñado de personas enriquecidas gracias a la explotación del pueblo. Seguimos anestiados ante la indiferencia de una sociedad que ha erosionado los pilares del bien común en beneficio de una competitividad e individualismo enfermos. La mayoría de la esfera pública condena con fuerza los atentados contra los DDHH en términos fácticos, cuando se dirigen contra el cuerpo, contra los huesos, contra la sangre, pero no lo hace a la hora de denunciar la violación de los derechos mínimos que impide a los ciudadanos desplegar su buen vivir en una sociedad humana.  


En estos días el 11 de Septiembre nos invita a reflexionar sobre algo más que nuestra disposición a respetar ese “nunca más” conseguido después de tantas luchas en la calle y en tribunales, después de tantas quebraduras de mano a infames pactos de silencio provenientes de nuestras Fuerzas Armadas, después de tanta manipulación de los grandes medios de comunicación, "nunca más" que pudo llegar a consolidarse en materia de DDHH a nivel de opinión pública. La verdadera reflexión contenida en el 11 de Septiembre de hoy -y ya que nos encontramos ad portas de una elección presidencial- versa sobre aquellos valores desvirtuados por los defensores de un sistema económico perverso, sobre las injusticias cotidianas que sufre la ciudadanía a manos de quienes detentan el poder piramidal, sobre la pérdida de derechos sociales y de diálogo simétrico a la hora de intentar soñar un país inclusivo para todos. En fin, si logramos hacer eso, o sea, poner en ejercicio tal reflexión a partir de la imagen aún temblorosa de otro Chile posible, basado en las causas vitales y compromisos que llevaron a la muerte, a la tortura y a la desaparición a tantos compatriotas, ya sería un pequeño y esperanzador triunfo en tiempos donde la dictadura de los negocios y de la productividad económica ha usurpado casi totalmente el terreno deliberativo de la imaginación política.

domingo, 1 de mayo de 2016

Sobre el trabajo en la era industrial.

Con seguridad uno de los percances más nocivos para la historia de la humanidad ha sido el proceso de industrialización que ha venido aparejado junto a la modernidad tardía. Los efectos de dicho proceso no sólo han mermado las estructuras de la organización del trabajo, sino que han degradado al trabajador mismo y la concepción que éste posee de su propia actividad.

Actualmente, y como fruto de aquella industrialización, el trabajador no concibe su trabajo más que como medio destinado a un fin que le es ajeno al trabajo mismo: el salario mensual que necesita para (sobre) vivir. Lo que se ha perdido en el acto de trabajar ha sido la inquietud e interés por religar la existencia a través de una obra. Inquietud e interés por hacer del trabajo una prolongación de las dudas metafísicas o culturales de cada sujeto: decir esta producción transparenta mi ser, en la talladura única de esta silla yace impresa mi firma. A esto le podemos llamar el ideal de artista o de artesano. Aquel ideal implica contar con la suficiente voluntad y determinación capaz de tornar posible la proyección de la subjetividad, de la interioridad, del alma (si se quiere), de aquel trabajador en el producto realizado. Dicho ideal, a su vez, presupone que cada sujeto exprese su propia unicidad, los dolores y clamores, las angustias epocales y las preguntas universales, de un modo singular y creativo. Toda masificación técnica, todo uso práctico y estandarizado del conocimiento aplicado con posterioridad al trabajo, nubla esta capacidad del trabajador consistente en plasmar su subjetividad en los objetos. Por lo mismo, el trabajador que solamente ejerce su labor en función de un salario no sólo pasa a transformarse en un engranaje más de la máquina de producción capitalista con todo el sometimiento reproductivo que ella trae consigo; también pierde el asombro radical ante la existencia, pierde sus preguntas fundamentales y, con ello, su propia libertad en cuanto ser humano.

Este fenómeno, que es conocido ampliamente en las corrientes filosóficas de teoría crítica como alienación, deviene la ideología más perjudicial en la medida que impone un modelo cultural de modo naturalizado, la cual hace parecer que fuese el único modo posible de organización socio-productiva. De ahí que en una época como en la que vivimos se vea totalmente oscurecida la alternativa de una revolución radical. El individualismo y los valores de competitividad internalizados a través de los medios de comunicación y la publicidad impiden que podamos imaginar otro orden distinto al actual. El ideal de pueblo, con su conciencia en-sí y para-sí, se ha erosionado para venir a constituirse una suma de partes, una mera masa informe que solamente revela su voluntad de elección a través del mercado, esto es, a través de lo cuantificable y transable. Así, los objetos y el proceso de trabajo se transforman en simples entidades unívocas, por medio de su utilización y reducción a un código, precio o salario. Todo aquel trabajo que el individuo debería realizar en pos de conocer y comprender, en pos de acceder al cómo y al por qué, en fin, de lo humano, se mantiene invisibilizado en un trasfondo abismal. El deseo de formular las preguntas esenciales con que la humanidad debería problematizarse y concebirse a sí misma permanece sumergido bajo las trágicas aguas de una superficialidad en cuya densidad todos nos terminamos por ahogar.

sábado, 1 de agosto de 2015

Sobre la gloria y la fama.

Se ha escrito mucho sobre la identidad de la Grecia Antigua como una cultura de la exterioridad. Una cultura donde el héroe se encuentra motivado por energías trascendentes a su propia personalidad individual: por energías que siempre guardan relación con la mirada de los otros que configuran el nosotros, con la mirada de una tradición venidera que lo recordará con orgullo más allá de su muerte o, en su defecto, que se olvidará de él producto de lo vergonzoso de sus acciones fracasadas. Las epopeyas de Homero así lo reflejan. En “La Ilíada” la virtud está en el honor: las muertes de Aquiles y Héctor, por ejemplo, se torna prestigio asegurado en la larga memoria de los hombres; la areté del guerrero, la valentía, es la que prima sobre toda la obra. Por otra parte, en “La Odisea” es la areté del hombre ingenioso, el cálculo creativo aplicado a solucionar un problema real, lo que prevalece en tanto digno de admiración. De este modo, ambas obras no sólo condensan los valores más altos de la tradición oral precedente, sino que además se proyectan como los manuales de educación que fundarán Occidente. Y todo a partir de una cultura del reconocimiento basada en la mirada del nosotros en tanto comunidad.


Me parece que en la sociedad actual la tendencia ha sido a permutar el reconocimiento arraigado en una comunidad de valores -como en el tiempo homérico- por la mera fama de caras vacías, por la respetabilidad de anónimos. De ahí la importancia que se le otorga a la fama en estos tiempos. La condición suficiente de ser famoso significa meramente ser conocido pese a estar vaciado de contenido sobre la comprensión del sentido profundo que nos llevó a destacar, o sea, ser un otro para unos otros. La fama, en consecuencia, no tiene valor alguno más que el de andar en boca en boca, como un flujo de aire desprovisto de todo significado. Lo que realmente interesaba a los griegos no era la fama, sino la gloria: el reconocimiento que solamente se logra por medio de la admiración de los pares, del nosotros, de todos aquellos que han construido la memoria pública de la polis hasta la eternidad.

sábado, 28 de junio de 2014

Sobre el fútbol de selecciones (o el erotismo de la forma).

Desde una perspectiva sistémica podemos decir que en un mundo como el que habitamos actualmente, es decir el mundo propio de una (pos) modernidad caracterizada por los fenómenos que operan a través de la globalización, se torna medianamente fácil evaluar la importancia del fútbol. En efecto, si la globalización implica un potente acto de homogeneización mundial en lo que a sistemas económicos y prácticas culturales se refiere, entonces el fútbol como deporte organizado federativamente representa aquel espacio donde aún logra sobrevivir los últimos resabios de la pasión nacionalista a escala masiva. Tras la crisis del Estado-Nación, y la consecuente caída de ese discurso identitario (¿patria?) capaz de otorgarle sentido de pertenencia, cohesión cultural y valor a una idea articuladora de los habitantes de una determinada geografía, el fútbol emerge como un dispositivo de control que no sólo posibilita la organización y sublimación de las pulsiones sociales, sino también como un deporte susceptible de movilizar masas y cumplir, por lo menos en términos prácticos, ese rol que antes era consagrado a la patria: el de crear similitudes al interior de la nación y distinción al exterior de dicha misma nación, o sea la distinción en relación a otras naciones. 

Sin embargo, a pesar de que ambos modelos patrióticos tienden a asemejarse a nivel práctico, guardan potentes diferencias en lo que al contenido se refiere. Así, el discurso identitario de una nación siempre contó con el soporte de un relato fundacional que buscaba integrar de modo medianamente coherente (aunque no espontáneo) las partes dentro del todo, los quehaceres con los saberes, la práctica con la teoría, en el contexto de una cultura oficial (las creaciones artísticas, por ejemplo, iban de la mano con el embellecimiento de hitos históricos y tradiciones, o también con la exaltación de lugares geográficos, todo esto para enfatizar el concepto de unidad cultural de carácter monolítico). Estos diversos fenómenos idealmente debían estar atravesados por un denominador común, por un concepto que fuese capaz de aglutinar e hilvanar los distintos fenómenos culturales entre sí. En otras palabras, la construcción de identidad nacional, en su versión más alta, no era más que una idea puesta al servicio de la materia, es decir, una idea que contara con la flexibilidad de adecuarse a las distintas prácticas culturales y ver reflejada su esencia en el significado de dichas prácticas. De esta manera, no es casual, por ejemplo, que el concepto identitario oficial de lo que significaba ser chileno descansara durante tanto tiempo en la “valentía” (supuestamente heredada de nuestros guerreros pero flojos ancestros mapuches y su conjunción con los gallardos pero delincuentes ancestros españoles de ascendencia visigótica) puesta en relación con un paisaje indómito y, a su vez, que el intento de arte chileno del Siglo XIX junto a la literatura canónica quizás hasta el “Canto General” de Neruda, hayan privilegiado esta idea articuladora.

El fútbol a nivel de selecciones, en contraste, no introduce un discurso a modo de relato fundacional: es el fútbol quien se cuelga de aquel relato como un parásito más. No obstante el fútbol cuenta con la fuerza de hacer estallar incluso aquello de dónde nació, realizando un gesto en que nos obliga a olvidar su origen, emancipándose como un hijo sin padre y portador de su propia gloria. En efecto, el fútbol a nivel de selecciones ejerce aquel rol práctico que ya mencionamos (funcionalidad de cohesión social y último vestigio identitario movilizador de masas), pero la verdadera gracia del fútbol consiste en que logra realizar todo esto sin recurrir a ningún mensaje explícito, sin recurrir a discursos ni a relatos manifiestos que él haya puesto erigido: el fútbol es un juego que ha llegado a ser mucho más que eso, una pasión de multitudes que ha trascendido la mera diversión, un opio del pueblo que visto a gran escala cumple la función de hacernos sentir dichosos partícipes de no sabemos qué. Así, el fútbol de selecciones se caracteriza por ser una exaltación de la forma e invisibilización del contenido, por ser un constante signo sin significado, por ser una cáscara vaciada de cualquier savia espiritual, por ser, en fin, un juego fugaz que llegó para quedarse y cuya potencia no se da, como en el caso del arte, a través del sentido simbólico-interpretativo que acontece en él, sino gracias a la reiteración de las imágenes espectaculares, de los espejismos de gloria, del inaprensible vapor del triunfo, por los cuales yace constituido. Sin embargo, no se debe ser ingenuo, puesto que el fútbol de selección es el relevo olvidadizo, el heredero amnésico, de aquello que nos ha llevado a las peores guerras desde hace más de un siglo: el tema de creer que sólo nos reducimos a ser la proyección de la tierra a la cual estamos atados. Finalmente, el fútbol siempre es más que fútbol. En este caso, desde el prisma sistémico-social, me parece que el fútbol es puro erotismo: persuade sin discurso, convence sin retórica, moviliza sin motivos. En una palabra: seduce.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

El don a la luz de la Navidad.

El consumismo navideño revela, de modo obvio, la pérdida del sentido originario de una festividad que yace degradada éticamente. Contemplar la enfermiza compulsión con que las personas pierden justamente su calidad de tal para pasar a ser meros consumidores -y que es fruto del aberrante sistema económico dominante capaz de insertarse socialmente como ideología- es un fenómeno que se halla en plena contraposición con el origen de las fiestas navideñas.

La degradación ética es evidente por tratarse de un comportamiento consumista que transmuta los valores, es decir, que entiende la celebración como una ocasión para regalar un objeto antes que para el regalarse en tanto donación de humanidad, más allá del credo religioso, y desde lo más profundo de sí mismo. Esta degradación ética ha sido advertida por el Papa Francisco I al graficar tácitamente, en la Homilía correspondiente al día de Noche Buena (o sea ayer) el extravío en que se encuentra el pueblo cristiano, como pueblo que camina errante entre la oscuridad pero que cuenta con la posibilidad de ver el nacimiento del Niño como la luz que viene a disipar las tinieblas. Así, el consumismo representa las tinieblas habitando la mirada misma del pueblo que, dormido en su propia efervescencia, insomne en el frenesí de las compras, ha olvidado el sentido originario de la donación. En efecto, la donación -en su sentido más radical propuesto por Derrida- se constituye sólo allí donde lo donado es invisible tanto a los ojos del donante como a la mirada del destinatario del don: todo don que no cumpla este requisito corre el poderoso riesgo de moverse en la lógica de la reciprocidad y del interés. En otras palabras, y vinculando lo dicho últimamente con el mensaje de donarse a sí mismo que debería imperar en Navidad, me parece que sólo podemos donarnos allí cuando pensamos que amamos, cuando nos entregamos con gratuidad a otro sin esperar la respuesta de dicho otro, sin esperar hacerme parte de un merecimiento.

Por eso, la verdadera donación de uno mismo implica un no saber que yo soy donante de mi propia autenticidad: me dono religiosamente al prójimo cuando no espero sacar dividendos, cuando no espero una retribución, cuando soy arrebatado por dicho prójimo y comulgamos en el asombro de esperar lo inesperado, lo misterioso, lo inefable, y no simplemente lo esperado de un “gracias”.   

miércoles, 29 de junio de 2011

Suicidio y absurdos.

Relatividad (1953) de Escher.
Según Camus sólo existe un problema filosóficamente relevante: el suicidio. Y esto es porque tal problema abre la pregunta más radical de todas: la vida, ¿vale o no la pena de ser vivida? Pero para responder dicha pregunta con la seriedad que merece necesitamos algo: haber vivido. Esa es nuestra fatalidad: la única manera de saber si la vida vale o no la pena de ser vivida es viviéndola. Por eso el suicidio es tan absurdo como la vida misma.

sábado, 16 de abril de 2011

2012: o el ocaso como posibilidad.


Otto Dix
La gran mayoría de las cosas que se han escrito sobre el 2012 no son más que conmoción barata. Pero hay algo curioso: si Hollywood y el arsenal comunicacional de gran parte del mundo ve el 2012 como una fecha nociva, del fin de una era o incluso el fin de nosotros, los pecadores, ya es hora de invertir dicha fecha, de no verla como profecía apocalíptica, sino como alternativa de conciencia. El 2012 no pasará nada, nada que no queramos que pase. Así, tenemos que afrontar el 2012 como una fecha que nos da la posibilidad de poner en el debate público mundial el tema de nuestro destino, destino que nosotros edificamos, y, con ello, la problemática de nuestro presente proyectado al futuro. Preguntas como: ¿podemos seguir manteniendo un nivel de vida tremendamente contaminante como el que llevamos en cuanto, por ejemplo, a gasto energético? Si la respuesta es afirmativa, entonces ¿cómo lo hacemos para idear políticas de energías renovables a escala mundial? Si la respuesta es negativa, entonces ¿en qué estamos dispuestos a ceder, qué parte de nuestro bienestar -alienante bienestar capitalista- estamos en condiciones de rechazar para privilegiar al todo, al mundo, antes que a las partes, es decir a los intereses egoístas?

En resumen, lo importante sobre el 2012 es sintetizar, o sea dicho hegelianamente "suprimir conservando": debemos aprovechar que el tema se instauró como una paranoia sobre el fin, para ahora ser capaces de convertir dicha paranoia sobre el ocaso en una racionalidad que ponga límites a la dicotomía excluyente entre avance tecno-científico y resguardo del medio-ambiente. Ante tantas catástrofes reales la fecha ficticia del 2012 nos viene mejor que nunca, pues prepara el ambiente para discutir sobre nuestro propio devenir dándonos la posibilidad de girar hacia un mejor rumbo.

jueves, 27 de enero de 2011

Insomnio en tiempo real: pelotudeces experimentales.




Hoy pensaba escribir sobre el arrepentimiento. Arrepentimiento no sólo en el sentido religioso sino existencial. Pero ya no puedo. Vuelvo a mis veranos insomnes. Vuelvo a sentir, como si fuese un jueguito circular, una burlona rueda de la fortuna, los ojos pesados, el pecho contraído, la grasa en mi rostro, el desgano escritural, el tedio ante la lectura, la desgarrante angustia de no poder abandonarme al sueño, de no poder escapar de mi propio cuerpo mientras se me derrumban los pilares del alma.

La ironía es simple. Estando dispuesto a escribir sobre el arrepentimiento algo en mí se arrepintió de hacerlo.

En estos momentos no escribo solamente con fines terapéuticos sino también policiales: como quien deja la constancia de su agresor a través de la denuncia con tal de que la amenaza de muerte no se concrete, yo dejo la constancia en estas palabras: el insomnio me amenaza con la locura. Así, la escritura, el presunto orden de las ideas que se despliega de modo reflexivo en ella (es decir en esto que escribo), me sirve de policía y de médico a la vez. De policía porque me obliga a racionalizar de acuerdo a las normas escriturales, otorgándome protección ante la locura, ante mi hipotético victimario. De médico porque debido al cansancio  que me provoca escribir espero que el insomnio sane,  es decir que me conduzca a un estado de de agotamiento tal que caiga rendido al piso.

Es en este momento donde la escritura, mi escritura, y su lectura (sí, la de usted que está leyendo esto) se fracturan irremediablemente. Ahora que yo escribo lo hago, según señalé en el párrafo anterior, para no enloquecer (la finalidad policial) y para poder dormir (la finalidad terapéutica). Sin embargo en el otro lado del puente, es decir en el "ahora" que usted lee (que no es mi ahora experiencial sino el suyo) lo más probable es que yo ya no padezca de insomnio o es probable que sí, todo es muy incierto: yo seré un misterio para usted, pues no sabrá si finalmente pude dormir, y entre su ahora (sí, el ahora de usted lector) y mi ahora habrá una nebulosa inexorable. Pero, y para que vea, señor lector, que me pongo en muchos casos, también puede ser que yo esté muerto. No, no se asuste, no es que me vaya a suicidar, sino que existe la remota posibilidad que en cien años más este escrito lo halle una persona que se interese por instrumentos y reliquias comunicacionales del pasado, o sea por un triste blog de internet, y lo esté, me esté leyendo. Bueno, ese lector (sí, tú, el lector que me sobrevivió o que me está viniendo a recordar desde un eventual futuro donde yazco ausente, muerto y enterrado) me imaginará aquí escribiendo burradas y añorará, en un afán historiográfico, que mi escrito le revele un dato concreto del pasado. Es decir querrá instrumentalizar mi insomnio para que pase de una categoría testimonio-experiencial a una dimensión de receptáculo de otros contenidos. Y me resistiré a ello. No lo haré. que la brecha entre mi ahora y su ahora permanezca insondable, así le dejamos un espacio a mi buenos amigos los historiadores con tal de que ejerciten la imaginación.

Hago un alto y leo lo escrito. Me asombro de mi mismo. Leo lo que llevo escrito y me parece demencial. He logrado entrar en un estado de vigilia y concentración donde me contemplo al borde de la locura. No obstante razono: ¿el loco que se asombra de su locura puede considerarse loco? ¿Una locura temporal? Me parece difícil de creer.

La psiquiatría contemporánea (esa manga de chantas) define a la esquizofrenia como una identidad escindida. Quizás esa definición sea aceptable. No así las tontería que los psiquiatras señalan sobre los síntomas positivos (producciones sobre la realidad: ira, alucinaciones, oir voces, etc.) y negativos (carencia de aptitudes ante la realidad: escaso lenguaje, aislamiento social, desmotivación, etc.) de la psicosis. Bueno, no es mi objetivo profundizar en ese debate actualmente. Prefiero que esto se mantenga como un testimonio y no como un ensayo.

La última frase me lleva a reflexionar sobre un punto: el género literario al cual pertenecería este testimonio. Un punto que usted, lector, ya con casi total seguridad haya atisbado antes que yo. Se trata de la posibilidad de que todo esto no sea un testimonio genuino sino una ficción. Usted nunca sabrá eso. Pero tengo que confesarle que mi "yo" escrito se me intenta escapar recurrentemente de las manos. Usted, lector, en estos momentos de mi "ahora" es una ficción para mi: lo imagino leyendo, esa es mi única certeza, tal cual como usted me imagina escribiendo. Así, a los momentos de su "ahora" puede ser que yo me convierta en una irremediable ficción para usted.

Bueno, no importa, me bajó el sueño y el cansancio, así que me iré a dormir y a soñar con usted lector...y gracias por imaginarme, que es otra forma onírica pues, según Borges, la literatura no es más que un sueño dirigido.

lunes, 8 de febrero de 2010

Insomnio y Angustia.

Autorretrato de Francis Bacon (1971)


"El insomnio te coloca fuera de la esfera de los vivos, de la humanidad. Estás excluido...La vida sólo es posible mediante la discontinuidad. Por eso soporta la gente la vida, gracias a la discontinuidad que da el sueño."
Emile Cioran

Anoche no pude dormir. Hoy debo ir a jugar ajedrez. Mañana quizás duerma. No importa. Hoy perderé en el tablero y escribiré mal. Pero no importa.

El insomnio es osadía y castigo a la vez: rompes el ciclo de la vitalidad natural, del darse cada día y repararse cada noche, y te rompes a ti mismo. Es como un designio mítico, órfico: la única manera de conocer el infierno es sufrirlo. La experencia insomne nos plantea, además, la angustia del límite, la fatal insatisfacción del deseo. En ella se presenta la contradicción de la voluntad: mientras mayor sea el deseo de dormir más lejos se estará de concretar el deseo. Por eso el sueño se basa en un olvido de si mismo, en un abandonarse: sólo se vuelve a encontrar en la calidez del sol matutino quien supo perderse en los laberintos nocturnos. Nosotros, los insomnes, estamos cerca del suicidio porque, justamente, también estamos muy cerca,pesadamente cerca de nosotros mismos: nos volvemos una carga para nuestras almas, nos cansamos de algo que depende de no depender de nosotros mismos, del abandono necesario para el sueño.

A primera vista podríamos elaborar la siguiente hipótesis con tal de "estudiar los estudios" del insomnio. Por un lado la facticidad nos impone el límite, la represión al deseo de dormir; por otro, nosotros mismos no somos capaces de limitarnos y seguimos despiertos, muertos en vida. En el fondo, sin embargo, nos damos cuenta que eso que llamamos facticidad -que desde fuera nos determina- no es más que lo que los científicos llamarían sistema nervioso, o aceleración de neurotransmisores, o qué se yo, cosas que no existen en la experiencia. Mientras que la interpretación interiorista del mismo fenómeno, la limitación de nosotros mismos, correspondería a una lectura psicoanalítica. Estamos cruzados por discursos, atravesados por pluralidades de modelos explicativos (cada uno, casi siempre, bastante poco plural con sus pares). En el caso del insomnio estos modelos explicativos son, entre otros, la neurología, el psicoanálisis, los esoterismos astrales y naturistas, la terapéutica poética y la sublimación experiencial . Foucault, siguiendo la línea de Nietzsche, nos enseña que todo es interpretación, con el ulterior problema de que desaparece lo interpretado. Tal vez la angustiosa experiencia del insomnio tenga esa dosis de autenticidad pre-discursiva, una confrontarse desnudo con el límite de la existencia, de ahí su desolación y angustia. Quizás sólo la angustia puede ser siempre lo interpretado, puede tener ese halo de verdad: la angustia ante la muerte y ante la tortura del seguir viviendo, la angustia ante el insomnio y la angustia que es el insomnio mismo.

El peso de la existencia, la sed de ánimo, los ojos rojizos, el sudor de la entrepierna, la vena palpitando en la sien contra la burlesca almohada, la psicosis imaginativa, el pecho vomitando contraídas arcadas...todo hace pensar que tenemos un demonio insomne dentro nuestro, un demonio que nos hace un amasijo de carne y espíritu. El límite, el doloroso desfase entre el sujeto y la realidad que aloja dentro de su propia subjetividad, nos trae a la memoria la desconcertante frase que Freud acuña para referirse a la pérdida de autonomía y primacía del inconsciente: "el hombre descubrió que ya no era amo ni en su propia casa".

Y acabamos de utilizar a Freud como un consuelo, como un mero instrumento de sublimación que embellece el dolor en esos instantes en que la vida transita a paso lento, a paso de muerte, insomne, como mis dedos y palabras en este día.