lunes, 16 de septiembre de 2019

Septiembre: naturaleza, mito y tragedia


Desde los orígenes de la República al mes de Septiembre le ha sido conferido un sitial relevante en Chile. Dicha relevancia se ha configurado a partir de un doble sentido, natural e histórico, cuyas significaciones y narrativas confieren a este mes un aura que bordea lo mítico.


Por un lado, en Septiembre se vivencia la puesta en escena de un imaginario vinculado con el renacimiento cíclico de la naturaleza: el despertar de la primavera en el hemisferio sur. Las mañanas afloran bajo un sol cálido y capaz de acariciar la piel; la gama de colores se amplía dejando atrás el gris invernal y vivificando el día a día citadino; paulatinamente las plazas vuelven a poblarse de niños, otrora en torno al organillero, hoy elevando volantines los menos y persiguiendo una pelota los más; la rigidez de nuestros abrigos va quedando atrás para favorecer la fluidez de movimientos otorgada por ropas más livianas; y hay ciertas tardes donde llegamos a sentir el tibio roce de alguna piel humana mientras nos movilizamos en el transporte público. Un sentimiento de ligereza, aparejado con una espontánea idea de renacimiento y optimismo asociada a él, resurge desde el orden cíclico de la naturaleza. Al final somos humanos y, aunque no lo veamos, vivimos dentro de un orden que nos abraza tanto en la cercanía como en la distancia. El mito de Deméter y Perséfone nos limpia la mirada.


Por otro lado, Septiembre cuenta con una carga histórico-política inigualable. Durante gran parte del siglo XX no sólo nos recordó la narrativa del mito fundacional en cuanto mes patrio y origen oficial de la República de Chile al independizarse de La Corona, sino también portó su propio rito: las elecciones políticas. Si el rito refiere a una actualización experiencial de la narrativa mítica, es decir, a un acto performativo cuya virtud consiste en volver visible y presente al mito, esto es, en iluminar e introducir en la historia el sentido de aquella narrativa infraestructural –el mito- que determina la identidad de una Nación o comunidad, entonces el acto eleccionario, tradicionalmente celebrado en Septiembre hasta antes de la Dictadura Cívico Militar, cumplió claramente con esa función ritual. En Septiembre, La República, gracias al ritual eleccionario, actualizaba su propio mito identitario: el respeto por la Constitución como contrato social originario, a la vez que como principio formal constitutivo y constituyente de ciudadanía, ciudadanía de la cual los políticos debían ser representantes.


Sí, ese rito se trizó violentamente con el Golpe de Estado -también- en Septiembre del 73. Con ello, el mito, el heroísmo de la gesta independentista a escala latinoamericana, quedó suspendido, privatizado y privado. Heroísmo suspendido: el mito se replegó entre el polvo de los libros de historia que yacían iluminados por el fuego que alimentaban otros libros, los censurados. Heroísmo privatizado: los retratos del mito se diluyeron (¿de terror o de vergüenza?) en las ensangrentadas paredes de los cuarteles militares hasta volverse uno mismo con ellas, hasta ser una pared más o una lágrima de sangre más como grito de un pueblo torturado. Heroísmo privado: el mito careció de un acto republicano que lo tradujese en un rito efectivo; entonces, la independencia de poderes no existió y se implantó una Constitución a medida de unos pocos, y lo público se fue extinguiendo y hoy, tras casi cuatro décadas, quedamos atomizados en nuestra propia privación, privados de pensar el bien común desde una idea de Constitución Republicana. Mirado en retrospectiva, todo eso padeció el mito republicano, descomplementado y huérfano de rito. Todo eso es comprensible. Al igual que en la Antigua Grecia después del vaciamiento del mito sólo cupo esperar el azote de la tragedia: 17 años de horrores que, querámoslo o no, siguen extendiéndose en diversas modalidades.


Quizás, de haber una naturaleza humana, ésta sólo sea, en palabras de Aristóteles, la naturaleza del animal social en aras de la amistad cívica. Si aquella ha de ser nuestra naturaleza, también será, más temprano que tarde, nuestro Destino: ¡Abrid las alamedas en Septiembre y esperad que la primavera os haga renacer en plena libertad!

miércoles, 24 de julio de 2019

Sobre “Recuerdo de un recuerdo" de José Venturelli

José Venturelli: Recuerdo de un recuerdo, 1983 Colección MNBA


1.- LO QUE SABEMOS

José Venturelli (Santiago, 1924 – Beijing, 1988) fue un pintor comprometido con los procesos sociales y políticos del siglo XX. También fue un hombre de mundo, un viajero que conoció y se sensibilizó del sufrimiento de hombres y mujeres en diversas latitudes de los cinco continentes. Militante comunista, después de emigrar de Chile, y ya influenciado por el muralismo mexicano, especialmente por el de Siqueiros, se radicó sucesivamente en China, Cuba y Europa, para, en sus últimos años, volver a Beijing donde moriría a fines de los 80. Connotados lugares públicos pertenecientes a importantes ciudades de estos países albergan obras de Venturelli, las cuales son reconocibles por su estilo estético y apreciadas por el valor de lo comunitario que logró plasmar en ellas. Así, fiel tanto a su visión y acción política, como a la esperanza depositada en la lucha de la humanidad por recobrar su dignidad, incursionó en la técnica del muralismo con el fin de contribuir a la generación de una conciencia política masiva y amplificada, cuyo núcleo central se ancló en el reconocimiento de las potencias sociales y creativas del hombre en cuanto disposiciones de superación histórica y conquista de su plenitud comunitaria. Luego de su estadía en China, la pintura de Venturelli adquirió un tono más intimista y delicado, propio de la acuarela tradicional distintiva de aquella cultura oriental, llegando a abordar motivos familiares con pronunciada sensibilidad y nostalgia, como los retratos de su hija. Sin embargo, su obra nunca rehuyó de afrontar la problemática constitución de la identidad de Latinoamérica, visibilizando en primer plano sujetos sociales y personificaciones naturales, hasta allí, secundarios en el canon artístico de la alta cultura moderna, entre los cuales se hallan: obreros explotados hasta la enajenación, campesinos en armas dispuestos a la lucha, indígenas doloridos en busca de su libertad, victoriosos guerrilleros cubanos, sublimes parajes naturales, además, de una multiplicidad de animales salvajes, todos ellos hermanados bajo el signo común y comunitario del marxismo.

La técnica de Venturelli se mantuvo medianamente estable a través de su vida artística, sólo distinguiéndose un acentuado cambio tras beber de la cultura china. Primordialmente esta técnica se caracteriza por un trazo vigoroso con énfasis en la explotación de una misma e intensa gama cromática, así como, a modo de herencia del serpentismo renacentista, por líneas certeramente definidas pese a lo ondulante de las mismas. A su vez, la influencia de la acuarela china abre paso a un tratamiento minimalista de algunos elementos naturales, junto a marcar un cierto giro cromático hacia los tonos fríos que adopta su obra en la última etapa de su vida.

2.- LO QUE PENSAMOS

Si, según afirma Sonia Montecinos en su célebre estudio Madres y huachos, nuestra identidad cultural latinoamericana, en tanto genérica y mestiza, se constituye a partir de la noción del vástago bastardo y de la madre violada, esto es,  del fruto de una gestación entre un conquistador español (o el poder de la técnica) y una indígena ultrajada (o la fecundidad originaria de la naturaleza), entonces dicho origen espurio no puede más que depararnos una relación conflictiva con nuestras raíces. En efecto, por un lado, la ausencia del padre, el vacío dejado por ese conquistador español que no somos pero que muchas veces a lo largo de la historia hemos deseado y jugado a ser, y, por otro lado, la presencia abnegada de la madre, a la cual imputamos su rol de pasividad (o incluso de amor) frente al opresor, han devenido en un culto a las apariencias cuya intención consiste en asemejarse a lo europeo, a lo blanco, a lo puro.

Día tras día intentamos lavar el sucio peso de nuestra bastardía señalando que Chile avanza aceleradamente hacia el desarrollo primermundista y nos enorgullecemos de ser el país más moderno de la región. No obstante, siempre un gesto nos delata, algo sale mal y el pudor nos obliga a volver como asesino arrepentido o fantasma en pena al sitio del delito. No es raro, así, que nuestro continente latinoamericano, y sobre todo nuestro país, cuente como marca identitaria más característica la obsesión de develar su propia identidad cultural: no sabemos quiénes somos, pero, tras tan abultadas capas de reiteración y complejos de superioridad, nos hemos convencido de ser quienes deseamos ser: la máscara del padre ausente, del viejo conquistador primermundista. Sin embargo, al interior de dicha máscara sigue resonando la vana e imposible obsesión ante la cual, generalmente, los Estados-Nación del continente se han inclinado: la del poder servicial ante el Otro, ante la imagen del viejo primermundista. Es decir, hemos optado por sacrificar a la madre indígena y suplantar el rostro del padre ausente, adquiriendo el semblante europeo invasor. De tal suplantación, siendo latinoamericanos, creciendo en el suelo que acunó la violación de nuestra madre, nada auténtico puede surgir.

Entiéndase bien: la solución (¿acaso la hay?) no se trata de optar por el padre o por la madre, no se trata de eurocentrismo o de indigenismo; sino de indagar en nuestra memoria histórica dominando las ansias de nuestros complejos y las seducciones de autoengaño; se trata de buscar quiénes somos, qué se ha hecho de y con nosotros; en fin, se trata de colorear de dignidad y vitalidad ese horizonte histórico e ideal que habita más allá de todo horizonte físico. La obra artística de José Venturelli, pintor viajero y humanista, nos invita a emprender ese viaje por nuestra humanidad común desde Latinoamérica.

3.- LO QUE VEMOS (Y VIVIMOS)

Con decisión invencible.

Lo primero. Una mujer morena cortando el viento con el filo de sus rasgos indígenas. Su postura deja adivinar que bajo las ropas se esconden formas carnosas, abrazadoras como la madre y abrazables como la amante. Tales colores y formas presentan un contraste con la blancura y la musculatura del caballo que se interna ferozmente por el valle.

Lo segundo. Es cierto que el gesto de la mujer nos recuerda a Delacroix y su famosa tela La Libertad guiando al pueblo. No obstante, esta versión latinoamericana de la libertad, y del heroísmo que ella exige, expresa una melancolía y sentimiento de decadencia muy diferente de la exuberancia del pintor francés. Pareciera ser que en este fragmento de la obra de Venturelli la victoria libertaria se escondiera fuera del cuadro, más allá de la tenue sinuosidad de las colinas y en un tiempo declinante cuyo sentido -sospechamos aún más melancólicamente- yacería condenado al ocaso.


Lo tercero. La mujer, alegoría de la madre ultrajada que es Latinoamérica y a la cual sólo recordamos en tanto recuerdo (o sueño) de nuestra historia cultural, emprende un viaje utópico pero decisivo hacia la recuperación de su dignidad. Aún no hay nadie que la acompañe, aún no se divisan los enemigos. Quizás, -sospechamos- ella misma contenga a los unos y a los otros, a los compañeros y a los victimarios; quizás sea la mestiza ira y la mestiza herida. Tal cual en un sueño (o pesadilla repetitiva) lo absurdo se ha impuesto: y sólo se podrá superar el trauma tornando manifiesto aquello que como cultura hemos reprimido.

4.- LO QUE IMAGINAMOS

Así. ¿Cómo? Así: Como un recuerdo de infancia. ¿Como un sueño o como una pesadilla? Sí: como el recuerdo de un recuerdo. Como si corriéramos la hierba con los brazos y tras los matorrales descubriéramos a nuestra madre, esposa e hija devorando el horizonte con su mirada.

lunes, 23 de abril de 2018

Imaginar los libros


I

No sabemos bien cuántos años teníamos. Sólo recordamos haber estado lejos de la fiesta familiar o habernos escapado de la sala de clases. Afuera la realidad seguía en lo suyo; pero allí, en la biblioteca, el tiempo parecía detenido.

II

Al comienzo los libros entraron por los ojos. El golpe de su portada fue lo primero que nos cautivó. Pudo ser un colorido verde, rojo y amarillo, un colorido capaz de lograr que nos fugáramos de las penas de este mundo para viajar con destino a un universo paralelo. O también pudo tratarse del dibujo de una niña jugando con su gato, niña similar a esa compañera de curso que nos enamoraba y a la que nunca nos atrevimos a hablar. El poder de la imagen es la primera promesa que nos hace un libro. A partir de ella imaginamos su contenido. Después, una vez que lo leemos, nos volvemos testigos del excesivo cumplimiento de esa promesa: todo libro siempre termina por brindarnos un sentido mucho mayor al que nos prometió en su imagen de portada. Nunca salimos de la experiencia lectora más miserables de lo que entramos en ella.

III

Estamos nuevamente en la Biblioteca de la casa familiar o de la escuela pública. Vemos desde lejos ese libro, sentimos su hechizo, y nos acercamos a cogerlo pese a que se encuentre en el rincón más alto del mueble. No hay nadie. Nadie nos ve. Ponemos una silla sobre otra y nos paramos en ella. Estiramos el brazo y tomamos el libro. Aún estando de pie en esa torre de sillas, lo abrimos con ansias. Una nube de polvo nos hace estornudar pero, acto seguido, y como si al interior de esa nube oscura se fuesen encendiendo las alas de un centenar de luciérnagas, empezamos a leer, a imaginar, a viajar. Olvidamos el polvo, olvidamos la Biblioteca y el mundo que la rodea. Empezamos, desde allí y para siempre, a ser todos los otros seres que no somos; empezamos a tener las mil y una vidas que la monótona realidad nunca nos ha dejado tener. Podemos recorrer galaxias en naves estelares y le hablamos a la niña a la que nunca le hablaremos. Somos otros. Imaginamos que somos otros. Somos intensamente felices por unos momentos. En verdad, y quizás sin saberlo, estamos haciendo la experiencia más humana de todas: la de imaginar vidas y mundos posibles, la de vencer al aburrimiento y a la muerte. La ficción ha hecho posible lo imposible: somos libres.

domingo, 18 de febrero de 2018

Sobre la lástima y su transgresión (cuatro apuntes demenciales)

“Pero el día del Señor vendrá como ladrón en la noche; en el cual los cielos pasarán con grande estruendo, y los elementos ardiendo, serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella están, serán quemadas.” (2 Pedro 3:10)



I SOLILOQUIO

Aún estoy a tiempo. Quiero creer que es así. Aunque a ratos lo dude con  el clamor de la angustia y a otros ratos ni siquiera me interese salir de allí, creo que todavía puedo salvarme. ¿De allí? ¿De dónde? ¿Hacia dónde?

II FICCIÓN

Intenté escupir en las manos de un mendigo. Buscaba alguna redención, una salida, el pacto con el demonio capaz de hacerme ir y llegar nuevamente. Lo vi desde lejos y caminé hacia él. Arrodillado en las escaleras de la estación de metro, con sus hedores subiendo por los semáforos de la ciudad, sin poder mantener la mirada fija y escondiéndose entre la curva vacía que dibujaba la silueta de sus dos perros, el mendigo presintió mi llegada. Creo que también olfateó mis intenciones. Yo no había planificado cómo hacerlo; no había método ni plan perfecto; pero entre el vértigo de mi desesperación, sentí el incontrarrestable caudal de un llamado sagrado que emanaba de mí mismo. Me paré frente a él por unos segundos sin importarme la opinión de los transeúntes, apreté fuerte los labios sintiendo cómo se clavaban mis dientes en ellos. Reviví en un segundo el odio de mi infancia, el resentimiento ante el ciudadano exitoso, la impotencia por los deseos sexuales no correspondidos, las vergonzosas olas de fracasos que me habían llevado a naufragar en islas tan lejanas. Cerré mi puño. Lloré de rabia y cerré mi puño. La paliza era inminente. Él también lo entendió así. Entonces levantó su cabeza y abrió su palma simulando un encuentro normal. Tal cual como el gusano que, sabiendo de su riesgo a ser pisado, tiende a enroscarse, a hacerse más mínimo, más humilde, más débil aún, el mendigo imploró una postrera lástima salvadora. Vi su rostro ajado. El cabello largo y envuelto en suciedad. Una boca sin dientes que temblaba en silencio. Tenía los ojos transparentes, cada uno inundado por una bola cristalina, densa y nebulosa. Era ciego. Por eso pudo oler mi llegada. El ciego me brindaba su otra mejilla. Vi el rostro de Cristo. Respiré. Y ya no pude escupirlo. No pude golpearlo ni redimirme ni redimirlo. Al fin y al cabo, nuestras voluntades seguían hundiéndose juntas en la miseria informe de la lástima.

III DOXA

Sólo en la resistencia al mal el mal encuentra su oscura virtud: la redención maligna necesita una oposición que la invite a la lucha, necesita una barrera destinada a ser transgredida. Allí reside su placer, su sentido sin sentido. No hay violación si antes no existe la rigidez de la Ley, de cualquier Ley. No hay placer violador sin víctima resistiéndose al abuso. Pero en este juego de fuerzas y violencias, el poder nunca es unilateral. Nadie es inocente. Ni siquiera Cristo ni Gandhi. De hecho son los más culpables, los más malignos, los más viles. Dar la otra mejilla es la más vil oposición: la oposición de quien ni siquiera se atreve a luchar, la oposición cobarde de quien niega los términos del cuerpo y de la vida. En fin, es la oposición encubierta de todos quienes, dado su resentimiento extremo, prefieren seguir condenado a la apariencia de la nada, de lo imperturbable, o al placer egoísta de sus delirios sin correr riesgo alguno de hipotecar su verdad, su creencia.

IV RETORNO


Los otros, como el loco y el mendigo, ambos ciegos y poseídos de una pródiga visión imaginaria, han sido violentados por una existencia salvaje que los convirtió en tales. Son víctimas no victimizadas de un modelo, de una época, de un sistema. En la narración del punto II el loco busca la salvación de sí y del mendigo: intenta imprimirle un dolor físico tan grande al último que lo haga salir del anestesiamiento, que lo haga sentir y recuperar el alma a través del dolor corporal; pero también intenta que este acto tenga un sentido redentor para sí mismo, anhela sentir la brisa refrescante de un nuevo valor que se oponga a los valores dominantes, se esfuerza por verse reflejado en algún fragmento de sentido roto para que le sea devuelta su imagen o identidad. Así, el loco es desesperada voluntad de verdad más allá de cualquier moral; y el mendigo es la encarnación sin sangre, insípida, de la moral religiosa. Pero el loco no puede hacer entrar en su juego al mendigo, sino al revés: es el valor tradicional de la lástima el que termina absorbiendo cualquier lucha, cualquier posibilidad de cambio, cualquier redención. La lástima propia de esta moral religiosa neutraliza toda redención real gracias a la esperanza de salvación en un mundo irreal (belleza, paraíso, moral). De ahí que su violencia sea la más vil porque en la superficie de su discurso no hay nada probable ni refutable, nada que internamente pueda cuestionar la superioridad de su fe. Cuando los valores se presentan como eternos y perfectos no hay posibilidad de salida. La genuina (re) presentación de la eternidad, el sentido nuevo que abre, sólo podrá acontecer en aquel instante en que transgredamos los límites forjados por los valores tradicionales (en el sexo, en el arte, incluso en la experiencia mística). Si algún día volvemos a vibrar lo haremos como el ladrón en la noche. 

sábado, 27 de enero de 2018

Sobre Nicanor Parra (cuatro apuntes)

ROCKSTAR

Nicanor Parra fue un rockstar. Su obra no es el resultado de un sofisticado experimento intelectual ni tampoco la propuesta mesiánica y redentora ante la falta de sentido inherente a la modernidad tardía o posmodernidad. No pretendió ser un poeta solemne ni de salón, de hecho se desmarcó tempranamente de la sensibilidad lírica propia de la tradición nerudiana; no pretendió ser un poeta políticamente comprometido, de hecho nunca estuvo ligado fielmente a causas revolucionarias. Ni pleitesía por la tradición erudita, ni fe en el sueño de un mundo mejor: sólo valió la pena (son) reír. Por eso, por asumir ese sentimiento de desencanto profundo ante el cual la razón responde con un juego de palabras poco razonable, Nicanor Parra fue un rockstar.

IRONÍA

Si lo que constituye a la ironía es la puesta en movimiento de distintos niveles significativos donde el contenido de lo dicho se confunde y contradice con la materialidad del decir, la vida y la obra de Parra, cada una por separado y quizás cada una en relación a la otra, se ajustan a esa categoría sin medida exacta. En toda ironía se manifiesta una crisis, en última instancia, inmanifestable. Construir ironías (algo propio de la posmodernidad) fue la tarea de Parra. Así, se trató de un poeta no sólo capaz de mover masas en tiempos de hambre, sino también de superarse a sí mismo, capaz de habitar y examinar el rugir irónico con que el lenguaje y la acción se niegan y se afirman al unísono. En fin, se trató de un poeta capaz de ser antipoeta: de un poeta que festejó con ingenio la muerte de todos los genios, que profanó con devoción la tumba sagrada de la modernidad cuyo ataúd siempre supo que estuvo vacío.

PARRA ES PARRA

Desde “Poemas y antipoemas” hasta gran parte de sus artefactos, desde sus anécdotas escolares hasta la tacita de té conversada junto a Pat Nixon, desde las cuecas y tonadas elevadas junto a sus hermanos en torno a alguna fogata olvidada hasta la gélida soledad de sus años como estudiante en Oxford, Parra siempre fue Parra. No le interesó ser otro. Nunca ha habido otro. Inclasificable, inadaptado pero ilusamente adaptable por los poderes políticos de turno, siempre demasiado poco serio para ser expuesto en un museo de estilo francés, inagotablemente lúdico en su transitar a la deriva, fiel exponente del hombre de a pie, constructor de piropos callejeros cuyo sentido nadie sabe de dónde viene ni hacia dónde va…Parra sólo se explica siendo Parra.

(SIN) SENTIDO


Parra nos enrostra lo desmesurado de nuestro más ávido deseo, del deseo de fotografiar la totalidad de la superficie para acceder a radiografiar las fuerzas de la profundidad. Ante la actual crisis de sentido que nos atormenta, ante la muerte de Dios, ante la pérdida de horizonte trascendente, ante la búsqueda analgésica de un origen, el antipoeta responde con su ya sabida ironía. Ha respondido que “Dios + Dios son cuatrios”, reduciendo con humor toda metafísica religiosa a la gracia desconcertante de una cuantificación exacta; ha respondido que la densidad materialista del mundo, su garantía epistemológica actual, sólo tiene sentido cuando “vuelve a palpitar el corazón del hombre imaginario”; ha respondido a través de un soliloquio donde, en un acto ultraperformativo, el origen e historia de la humanidad en su conjunto representa la abismal angustia del individuo por saber sobre dicho origen. Por medio de la obra de Parra (y también de la vida de Parra como obra de arte desublimada) se vislumbra un gesto epocal. Gracias a un lenguaje coloquial, enraizado con lo popular e incluso con lo ordinario, Parra nos permite adentrarnos en la ironía como toma de posición ante la época de sinsentido radical que vivimos. Toma de posición que apela a una autoconciencia limitada (a la autoconciencia de limitación de su propia autoconciencia) y donde la voz del poeta dignifica, sin nunca explicitarlo, la jovial labor consistente en habitar día tras día la realidad de esta existencia pese a no saber nunca qué lo funda ni moviliza

jueves, 18 de enero de 2018

Sobre el Papa Francisco

FRANCISCO NO ALCANZA

Durante todo su pontificado el Papa Francisco ha alzado la voz innumerables veces en contra de los horrores engendrados por el modelo económico global y la perversión característica del modo de racionalidad instrumental inherente al capitalismo tardío. A su vez, también ha expresado su compromiso con los más pobres, con los marginados y violentados por los poderes políticos, comunicacionales y culturales, llegando incluso a solicitar -conmovido hasta las lágrimas y más allá de toda vergüenza- perdón ya sea por la activa participación histórica que la Iglesia ha tenido en tales hechos o por la complicidad y tibieza con que dejó de juzgar dicho tipo de acciones. En el discurso, Francisco ha puesto temas cruciales sobre el tapete de la opinión pública internacional, siendo audaz, valiente y mostrándose claramente a favor de las causas provenientes de sectores periféricos y opuestos a los poderes establecidos.

Sin embargo, a la hora de generar medidas concretas dentro de su campo de acción, esto es, al momento de cambiar prácticas y buscar responsables de las aberraciones que en los últimos ha cometido un alto porcentaje de clérigos, Francisco no ha actuado con tanta audacia ni valentía. Como si estuviera pagando el tributo de una deuda emocional, Francisco mantiene intocables a una serie de jerarcas encubridores por casos de pedofilia y a otros personeros católicos que han operado en calidad de distractores de la justicia por abusos sexuales y psicológicos reiterados.

Así, la tenacidad de su discurso público contrasta marcadamente con la cobardía y la pasividad ejercida en cuanto a la toma de políticas reformistas al interior de la institución que gobierna.

Da la impresión (siempre infundada, al igual que todas las impresiones) que el Papa argentino no le ha tomado el peso a las denuncias de tales aberraciones, prefiriendo resguardar la cómoda amistad y compañerismo florecida con algunos clérigos en sus años de juventud antes que disponer los antecedentes de los victimarios a la justicia ordinaria para facilitar el esclarecimiento de los delitos. Pero dicha impresión sólo aborda un plano humano, meramente psicológico, casi individual.

La Iglesia Católica también es parte del sistema. Todos sabemos que actualmente (y es muy probable que siempre) el Vaticano, de manera similar a cualquier otra institución político-económica, ha estado atravesada por intereses creados, por poderes no-dichos, por manos inconfesables manos negras. Lo que se expresa en el discurso es sólo lo que vemos, lo evidente. E incluso en ese mismo discurso, durante muchas décadas ( discurso emergido incipientemente los años posteriores a la Rerum Novarum y manifestándose con real fuerza sólo después de Vaticano II), hemos presenciado un parpadeo inconsecuente, una batalla no declarada, entre los defensores de un conservadurismo radical, lacayo de poderes económicos y de valores obsoletamente descarados, y quienes abogan por una Iglesia nueva, abierta a la periferia geopolítica, comprometida con visibilizar las demandas de los excluidos, compañera en la causa de los sufrientes, en fin, lectora de los signos de los tiempos.

Esta última mirada más sistémica, menos ingenua, logra hacernos apreciar el carácter institucional de la Iglesia y con ello también sus pugnas internas. Pugnas que van desde aspectos valóricos hasta beneficios económicos, desde visiones metafísicas y doctrinales hasta deseos de conservación política.  De esta manera, no es Francisco quien por su propia persona (lidad), por ceder a la carga paralizadora de deudas emocionales, por transformarse en una víctima más de un residual fantasma relacionado con otro tipo de abuso de poder, no haya podido realizar un cambio concreto y radical dentro de la estructura de la Iglesia. Más bien es al revés: la Iglesia misma, la institución más sangrienta y macabra de la historia de Occidente,  la que elevó por siglos pompas de esperanza universal mientras se llenaba los labios con la espuma rabiosa de un resentimiento inconfesable, es la que impide esa transformación debido a la primacía de un conservadurismo histórico que aún se mantiene dentro de su alta jerarquía. Francisco, así, sólo es un peón más dentro del tablero político actual del Vaticano. Hace lo que debe hacer en la medida de lo posible, en su actuar limitado e incluso servicial, en la proyección de una imagen y en la impermeabilidad de una estructura.


Humano, demasiado humano: Francisco, el jesuita, no alcanza.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Sobre un poema de Cesare Pavese

Durante un extenso período de su vida Cesare Pavese estuvo ligado a causas políticos-sociales vinculadas con el pensamiento marxista llegando incluso a afiliarse al Partido Comunista Italiano. No obstante en sus últimos años el poeta italiano asumió un rol marcadamente distante del compromiso y la acción social, mostrándose atormentado en función a inquietudes de carácter existencial. Este giro bio-gráfico también puede evidenciarse en el hermetismo que cobró su producción escritural, sobre todo la de índole poética y como también sus diarios literarios.

Justamente a esta última porción de su vida pertenece el famosísimo poema que analizaremos a continuación.

VENDRÁ LA MUERTE Y TENDRÁ TUS OJOS

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
esta muerte que nos acompaña
de la mañana a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un vicio absurdo. Tus ojos
serán una palabra vana,
un grito acallado, un silencio.
Así los ves cada mañana
cuando te inclinas sola ante el espejo.
Oh querida esperanza
también nosotros aquel día
sabremos que eres la vida y eres la nada!

La muerte tiene una mirada para todos.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
será como abandonar un vicio,
como ver que emerge de nuevo
un rostro muerto en el espejo,
como escuchar un labio cerrado.
Descenderemos, mudos, al abismo.

El poema  se inicia vaticinando la llegada de un acontecimiento ineludible: la muerte. Pero el hablante no nos dice que sólo vendrá dicha muerte para concluir todo, sino que además “tendrá tus ojos”. Portando una oscura sabiduría tan enigmática como profética, el hablante se dirige hacia una segunda persona que -según nuestra interpretación- permanecerá en el misterio hasta casi el final del poema.

Posteriormente el hablante cambia el tono de voz, pasando de ser un profeta a un cronista. Así, describe por medio de imágenes muy generales la presencia constante de la muerte (“de la mañana a la noche...”), y luego el modo en que ella ejerce su agobiante compañía: “insomne, / sorda, como un viejo remordimiento / o un vicio absurdo”. Este modo de ser de la muerte está caracterizado por su impenetrabilidad e imperturbabilidad, es decir, por lo imposible que se vuelve establecer un diálogo con ella (su sordera). En efecto, nuestra relación con ella, una vez que llegue, se tornará unilateral: no podremos evitar ser sometidos por la dictadura de su puño ni tampoco podremos conocer los motivos que rigen su actuar. No habrá manera de huir de su facticidad ni diálogo que nos permita comprender su sentido.

Sin embargo, la muerte también puede ser representada de otra forma. Forma más cobarde e ingenua que la anterior y la cual mantiene la humana ilusión de vencerla por medio del gesto de proyección de la vida. Cuando adquirimos esta segunda postura todas nuestras culpas irremediables (por ejemplo: el cariño adeudado a nuestros seres amados ya fallecidos, las palabras hirientes dirigidas al amigo suicidado, etc.) se tornan “un viejo remordimiento” que nos impulsa, desesperadamente, a prolongar esta vida terrenal sobre el tapiz de la muerte buscando el perdón tranquilizador, el “vicio absurdo” del perdón. En una palabra: apaciguamos nuestro “viejo remordimiento” gracias a la creación de “vicios absurdos”, como es el caso de la creación de religiones.

En definitiva, Pavese pareciera mostrar sutilmente a los menos dos maneras opuestas de relacionarnos con la muerte. La muerte contaría con un doble rostro. Por un lado, un rostro impenetrable cuya desnudez nos es inaccesible; y por otro lado, un rostro en blanco que, a modo de máscara intacta, se haya disponible para que en él proyectemos nuestras ilusiones en calidad de “vicios absurdos” motivados  por nuestros “viejos remordimientos”.

Seguidamente y cerrando el mismo verso, el hablante vuelve a dirigirse a una segunda persona. Pero ahora no lo hace para referirse al modo de ser general de la muerte, sino a la manera en que se manifestará dicha muerte a la hora de ir conquistando espacios vitales de aquel individuo misterioso: “…Tus ojos / serán una palabra vana, / un grito acallado, un silencio.” Es allí donde se expresa la muerte como angustia, angustia de un indeterminado ser humano que es sometido, contra su voluntad, por la fatalidad de la muerte. Es decir, la muerte se ha hecho carne. Y en esa encarnación de la muerte, ocurrida inesperadamente, el temple anímico del poema también se termina por encarnar en el lector: el “tú”, aquella segunda persona misteriosa hacia la cual se dirigía el hablante lírico en una primera instancia, ha pasado a convertirse en una especie de mi. Es tal el hechizo atmosférico del poema que ha ejercido una identificación profunda de los lectores de éste con el tormento de la muerte.

Este tránsito de identificación tiene su eje central en la mirada del lector. En efecto, los ojos, órganos que nos permiten ver, conocer y anticipar la presencia de las cosas, ya no se dirigen al mundo exterior, sino a verse ellos mismos frente a un espejo. En un movimiento circular, los ojos miran a los ojos, se reflejan a sí mismos, tal cual como el lector se ve a sí mismo en el poema, tal cual como el lector se atormenta a causa del advenimiento de su propia muerte: “Así los ves cada mañana / cuando te inclinas sola ante el espejo.” Y precisamente la perspectiva que se abre a través de esta mirada autorreferente es lo que refuerza la ilusión circular característica de la esperanza, la cual creyendo multiplicar la presencia de las cosas en un horizonte externo no hace más que construir espejismos, proyectando al otro lado del espejo la mera apariencia de lo que ya está de este lado del mundo. En última instancia, el fondo de los fondos de tal espejo yace habitado, más bien, por la inútil pasión que humea sobre la nada: “¡Oh querida esperanza / también nosotros aquel día / sabremos que eres la vida y eres la nada!” 

Dicho muy ligeramente, la dinámica de esta sabiduría es la siguiente. Cuando cobramos conciencia de que la muerte, toda muerte, será siempre nuestra propia muerte, somos presa de un asombro terrorífico. A su vez, el vigor de ese asombro descansa en una confrontación de fuerzas entre las ilusas esperanzas cifradas en una vida post-mortem y la amenaza irrevocable de la nada. Esto significa que encarnar genuinamente aquel asombroso tormento representado por el advenimiento de la muerte, de nuestra muerte, es el estado existencial más radical que podemos padecer, pues nos hace partícipes afectivamente del sinsentido general de la existencia. Pareciera que todo ya estuvo escrito desde siempre. 

Sin embargo, en la estrofa final la voz profética del hablante nos confiesa un secreto. Como si la muerte se apiadara mínimamente de nosotros, el poeta señala que ella nos brindará la posibilidad de alzar la vista por última vez: “La muerte tiene una mirada para todos.” Y luego de ello, nos recalca que dicha última mirada será incomunicable, que estará encerrada en nuestra propia soledad: “será como abandonar un vicio, / como ver que emerge de nuevo / un rostro muerto en el espejo, / como escuchar un labio cerrado.” Y ahí ya no habrá nada más qué decir. Conocimiento y experiencia se fusionan en la contemplación de una verdad fugaz e intrascendente, desnuda y carente de lenguaje: la desnudez de esa verdad última no se podrá decir.

Finalmente, y en un movimiento fugaz, casi imperceptible, el poema concluye expresando la continuación del acto anterior consistente en escuchar cómo se cierra un labio: “Descenderemos, mudos, al abismo.” Nos ahogaremos en lo incomunicable de una experiencia que, pese a ser rozada por la vista, ya no podremos ver ni nombrar. Así, la fuerza de este poema hunde sus raíces en la contemplación de lo indecible: en extraer una oscura sabiduría existencial cuyo (sin) sentido sólo podrá sopesarse en la incomunicable singularidad que bordea los límites de la experiencia.

jueves, 26 de octubre de 2017

Sobre la Revolución Rusa (a 100 años)

1.- Las ideas de Marx y Engels

Visto desde un prisma sencillo, lo que Marx y Engels expresan en buena parte de sus obras filosóficas consiste en el sentido de la Historia. En efecto, para ellos la Historia de la Humanidad se desenvolvería por medio de una ley compuesta de una esfera de carácter material o económico (base o infraestructura) que contaría con la virtud de determinar a otra esfera, la de los valores éticos, estéticos, religiosos, (superestructura) visiblemente constatables dentro de una sociedad. Dicho esquema ejercería la función de telón de fondo inamovible que, a través de diversas épocas históricas y en dependencia de la constante tensión manifestada por la respectiva lucha de clases, adquiriría nuevas figuras a causa de las distintas relaciones de producción material en las diversas sociedades.

Así, la dinámica superficial de los sucesos históricos descansaría sobre una fuerza profunda capaz no sólo de explicar el movimiento dialéctico y superatorio de la realidad social, sino también de vaticinar una finalidad última de este movimiento: un telos o lugar de realización donde culminaría y se consumaría el sentido absoluto de dicho movimiento. Este telos representaría para el marxismo un estado histórico-social donde se lograría la supresión de las clases sociales e, incluso, la abolición del estado. Pero para alcanzar dicho telos sería indispensable transitar algunos pasos previos: los pasos marcados por la agudización de los conflictos entre las clases sociales, todo con el fin de lograr la liberación de las clases oprimidas a manos del giro dado por la revolución.

En la época moderna esa lucha de clases se explicitaría a partir del conflicto entre la burguesía y el proletariado. Es un dato evidente que la burguesía cuenta con el control sobre los medios de producción mientras que el proletariado se ve explotado en tanto mera fuerza de trabajo posibilitadora de la acumulación de capital por parte de la primera. Según Marx y Engels el capital es acumulado por la minoría burguesa al mismo tiempo que la mayoría proletaria sobreviviría en condiciones materiales miserables. Sin embargo, el éxito del sistema de producción capitalista traería aparejada la amenaza de su propio fracaso: mientras más acentuadas fuesen las distancias económicas entre estas dos clases sociales, más próxima estaría la toma de conciencia-de-sí y para-sí del proletariado que permita la sublevación social en aras de la revolución.

De esta manera, se vuelve imprescindible que para concretar la revolución, además de estar dadas las condiciones sociales, la clase trabajadora cobre conciencia de su explotación y sea capaz de organizarse de un modo tal que le permita coincidir con el curso de la Historia, curso orientado hacia la abolición de las clases sociales como telos final.

Gran parte de esa conciencia de clase y organización política se dio en la Revolución Rusa, principalmente gracias a la labor de Lenin, quien aprovechó las circunstancias específicas para llevar a la práctica las ideas marxistas.

Por ello quizás la Revolución de Octubre de 1917 fue un hito histórico que aterrorizó a los capitalistas de todo el mundo. Porque vieron en dicho acontecimiento el primer gesto de una encarnación que amenazaba con volver real el peor de sus terrores: la encarnación de la profecía marxistas en pronóstico leninista. El fantasma que hacía unas décadas recorría Europa empezaba a cobrar cuerpo.


2.- Condiciones propicias para la Revolución

La Revolución Rusa consistió de dos etapas, ambas originadas en el año 1917. La primera de ellas fue la Revolución de Febrero, y la segunda, donde triunfa definitivamente la Revolución Rusa, fue la Revolución de Octubre. A continuación repasaremos cada una de ellas y cómo se fueron gestando paulatinamente las condiciones para que se consumara la Revolución Rusa.

Revolución de Febrero

Hacia comienzos del año 1917 el Zar ejercía su cargo de modo casi totalmente autoritario si no fuera por la función del Parlamento (Duma). Sin embargo este Parlamento, en teoría representativo del pueblo ruso, en términos concretos no hacía más que consentir con las políticas zaristas tendientes a favorecer a la burguesía y a la nobleza, con sus consecuentes acciones de acumulación de capital gracias a la explotación popular.

En términos económicos, a comienzos del Siglo XX Rusia seguía siendo una nación que contaba con grandes extensiones de tierras y que basaba su producción mayoritariamente en lo agrícola. Lo rural prevalecía por sobre lo urbano, pero la economía agraria no contaba con el suficiente desarrollo para ser distribuida de modo equitativo dentro del Imperio. Rusia veía cómo Europa progresaba industrialmente mientras ella permanecía estancada dependiendo casi de modo exclusivo de los recursos provenientes de aquella producción agrícola. Además, los beneficios de esta producción iban a parar a manos de la burguesía terrateniente y de la nobleza que conformaban un mínimo de la población. La inmensa mayoría del pueblo se encontraba sometida a la pobreza. Quienes conformaban aquel  pueblo no sólo eran campesinos, sino también un grupo menor de obreros, sometidos a altos niveles de explotación, además de profesionales de variadas áreas caídos bajo la desgracia inherente de un sistema burocrático decadente.  

Todo este clima de inequidad económica llevaba afectando la capa social del Imperio Ruso por décadas, siendo uno de los factores gatillantes de la Revolución de Febrero.

Junto a lo anterior, también vale consignar otro fenómeno que creó las condiciones aptas para que el pueblo ruso se sublevara ante la autoridad y el Zar se viese obligado a abdicar. Esto ya no se trató de un problema económico interno del Imperio Ruso, sino de un contexto internacional en el cual el Imperio era protagonista: la I Guerra Mundial. En efecto, Rusia se encontraba enfrentada contra las Potencias Centrales, conformadas por Italia, Austria-Hungría y Alemania, en cuya lucha cayeron una alta cantidad de hombres, sufriendo grandes pérdidas morales, económicas y territoriales. Como afirma Hobsbawn:Rusia, madura para la revolución social, cansada de la guerra y al borde de la derrota, fue el primero de los regímenes de Europa central y oriental que se hundió bajo el peso de la primera guerra mundial. La explosión se esperaba, aunque nadie pudiera predecir en qué momento se produciría.”

Ante el desgaste de la economía que implicó participar en la Guerra, sumado al constante autoritarismo político ejercido por el Zar Nicolás II, el pueblo ruso reaccionó. Fue así como en las calles de Petrogrado (hoy San Petersburgo) se forjó la Revolución de Febrero. Miles de personas protestaron y lucharon contra los soldados del ejército del Zar durante cerca de una semana. Después de varios días de sangrienta masacre, paulatinamente los soldados zaristas solidarizaron con las demandas del pueblo: el derrocamiento del Zar y la abolición de la monarquía. De esta manera, la Revolución de Febrero se concretó dando paso a la emergencia de un gobierno de transición de índole Republicano que estuvo dirigido por el menchevique Alexander Kerensky.

La elección de Kerensky la realizaron los soviets o agrupaciones de trabajadores y campesinos rusos, quienes expresaban su voto por medio de asambleas. De ahí que el principal aporte de la Revolución de Febrero haya sido, junto con obligar a la abdicación del Zar Nicolás II, promover la participación directa e inmediata de los trabajadores en las elecciones.

Revolución de Octubre

El espectro político de la izquierda rusa se dividía en dos grandes grupos, los mencheviques y los bolcheviques. Los primeros contaban con ideas socialdemócratas más bien moderadas y pretendían desarrollar un socialismo estable intentando instaurar en forma efectiva la separación entre los tres poderes del Estado. A su vez, los bolcheviques correspondían al ala más radical de la izquierda y, apoyándose en ideas apegadas a los textos de Marx, buscaban implementar un giro económico, político y social de índole radical. Lenin, quien logró captar el descontento popular ante las políticas blandas de Kerensky, fue el líder más emblemático de los bolcheviques.

En efecto, los pocos meses en que gobernó Kerensky no cumplieron con las expectativas generadas por la caída del Zar. Principalmente esto se dio ya que Kerensky continuó con la presencia de Rusia en la Guerra y también porque no realizó ninguna reforma importante que favoreciera a la clase proletaria. En un aparente movimiento gatopardista, había cambiado sólo la superficie política, el maquillaje del rostro ruso, pero se mantenían las capas profundas de sus estructuras económicas e intereses internacionales.

Lenin, aprovechando esta situación de malestar popular, propuso cambios de raíz. Entre ellos destacaba el materializar una reforma económica extrema: la de confiscación de tierras en el ámbito agrario como de expropiación de fábricas en las urbes para ser entregadas a sus trabajadores. Los beneficios extraídos de tales reformas económicas serían destinados a la clase popular primero y después al Estado. En cuanto a la representación política, Lenin pasó a otorgarles el poder de decisiones a los soviets a través de comités participativos. Finalmente, en el ámbito internacional, pactó un acuerdo para retirarse de la I Guerra Mundial.

La Revolución de Octubre fue considerablemente menos sangrienta que la de Febrero y contó con gran participación de obreros, campesinos, profesionales y soldados. Esto evidencia que las condiciones para que consumara aquel acontecimiento revolucionario venían gestándose de antemano, como también que Lenin fue capaz de leer con destreza el momento político preciso para cosechar sus esfuerzos anteriormente sembrados. Así, más que aportar interpretaciones en el plano propiamente filosófico a la causa proletaria, el talento de Lenin residió en contribuir a las estrategias de aplicabilidad política de las ideas marxistas en una fase incipiente: desplegar la praxis marxista en tanto dimensión articuladora de la teoría revolucionaria y de su traducibilidad a prácticas revolucionarias.

3.- Conclusión

Para lograr concretar la Revolución Rusa tuvieron que confluir una serie de condiciones sociales, políticas y económicas. Entre ellas cabe destacar el sólido material teórico-filosófico que la respaldaba a partir de las obras de Marx y Engels, las cuales fueron leídas por Lenin y por muchos de los políticos bolcheviques, y que cimentaron el alzamiento del proceso revolucionario. Paralelamente a esto, y aún más importante, fue la condición social marcada por el malestar insoportable del pueblo ruso, el cual, sometido durante décadas a humillaciones políticas e inequidades económicas, hizo que cobraran conciencia de pertenencia a su clase social proletaria. Finalmente, no se puede obviar la condición externa de la I Guerra Mundial que junto con promover el declive del espíritu imperial-zarista por medio de las derrotas en el campo de batalla, agudizó aún más la precariedad de la economía rusa y puso en crisis la moral del Imperio.

La profundidad y solidez de la Revolución Rusa se fundamentó en haber estado gobernada por ideas marxistas. Estas ideas marxistas no sólo portaron la ilusión “escatológica” de un telos utópico (la supresión de las clases sociales y el control comunitario sobre los medios de producción) que en un inicio esperanzó a miles de líderes impulsándolos a la acción en beneficio del pueblo, sino que -y más allá de los cuestionamientos a la mecánica de una supuesta ley economicista escondida bajo la superficie de la Historia- tales ideas fueron capaces de encarnarse en el plano de su aplicabilidad estratégica, de su política. De ahí la importancia de Lenin, líder que logró desplegar sus dotes, con pericia y valor, en el campo de la praxis pudiendo conjugar, así, el dominio de la teoría revolucionaria con el de la práctica revolucionaria.

Por otro lado, e independientemente de lo sucedido al interior de la URSS durante los más de 70 años siguientes a la Revolución de Octubre antes de la caída del Muro, la irrupción y la fuerza expansiva de ésta marcó en gran medida el acaecer internacional del Siglo XX. Esto se dio gracias al nivel de expectativas que ella trajo consigo, principalmente para las clases explotadas pertenecientes a países tercer mundistas y a regiones colonizadas, como también por el nivel de rechazo reaccionario que suscitó entre la burguesía capitalista debido a las amenazas de replicarse en otras latitudes.


A 100 años de la Revolución Rusa bien valdría la pena retornar a los orígenes de ésta. Leer a Marx y a Lenin; leer sobre Marx y Lenin. No tanto para apreciar la Revolución con la distancia estática e impracticable de una pieza de museo, sino para aprender a identificar y a construir las condiciones propicias que demanden la fuerza incontrarrestable del espíritu revolucionario.

sábado, 30 de septiembre de 2017

Sobre Verano Robado, novela de María José Viera-Gallo.


Verano del 2000. Las brasas de cemento traspasan sus hawaianas y le queman las plantas de los pies. Ñuñoa arde. Su madre se ha fugado de lo que quedaba de casa y Livia tiene que encontrar arrendatarios lo más pronto posible. Las vacaciones asfixian. El dinero se hace poco. La comida no es suficiente. Su padre está lejos, extraviado en los laberintos de la melancolía en algún pueblo del norte. Su abuela morirá pronto y Livia no tiene aún las agallas para despedirse de ella. Debería entrar a la Universidad en un par de meses más. Pero no lo hará: no dio la PAA. No tuvo el coraje. O quizás tuvo el coraje de no darla para ir a encerrarse en su tocadiscos imaginario. No importa: como un cachorro de perro abandonado en una esquina cualquiera Livia mira al mundo desde lejos sabiendo que al final, y pese a todo, sobrevivirá.


El futuro se ve incierto y lo cubre una densa nebulosa. El pasado es una colección de recuerdos que dibujan un rompecabezas triste y demasiado doloroso para intentar ser ensamblado. El presente se ahoga en los excesos de una vida que no viene de lado alguno, que no marcha hacia lado alguno. Sin embargo, detrás del cerro de ropa sucia que Livia contempla desde la penumbra de su cama mientras fuma un Apolo rojo, emergen las figuras mentales de tres estrellas que iluminarán incondicionalmente ese verano: la espera, desesperada al comienzo y sin esperanza después, de aquella postal prometida por Álex; la donación casi maternal que la impulsará a resguardar las ilusiones tardo-infantiles de su hermano Dangil; y la angustia subterránea de esa culpa originada en la fiesta de Cuarto Medio con el posterior accidente de su amiga Rocío. Estos tres eventos, que oscilan desde la fuerza repetitiva del trauma (Rocío) hasta la posible redención amorosa (Álex), pasando por la ternura que despierta la frágil figura del desamparo (Dangil), movilizan a Livia de un modo extraño. La movilizan a seguir avanzando en su camino sin horizonte claro, a tantear las estepas de su desolación interior, a transitar con vaivenes la senda hacia una adultez difusa pero cuya trama –y eso Livia siempre lo ha sabido- vale la pena ser vivida más allá de la anticipación de cualquier desenlace.

lunes, 11 de septiembre de 2017

Sobre el 11 de Septiembre de 1973. Apuntes desde hoy.

El 11 de Septiembre de 1973 funda nuestro Chile contemporáneo. Bajo los gritos de los torturados, bajo el silencio de los desaparecidos, bajo ese “nunca más” como bandera enarbolada por casi todos los miembros de la sociedad actual, se sigue filtrando una violencia tácita y enmascarada, fría, pero no por eso menos cruel. Hoy en día hay un consenso generalizado sobre lo repudiable de los crímenes contra los DDHH perpetrados durante la Dictadura cívico-militar. Pero al mismo tiempo seguimos siendo presas de un sistema político y constitucional degradado y degradante que fue heredado de aquella dictadura y cuya dinámica de acción se basa en la despolitización misma. Seguimos asolados por un modelo neoliberal que bajo el slogan de una mal entendida libertad concentra el poder económico en un puñado de personas enriquecidas gracias a la explotación del pueblo. Seguimos anestiados ante la indiferencia de una sociedad que ha erosionado los pilares del bien común en beneficio de una competitividad e individualismo enfermos. La mayoría de la esfera pública condena con fuerza los atentados contra los DDHH en términos fácticos, cuando se dirigen contra el cuerpo, contra los huesos, contra la sangre, pero no lo hace a la hora de denunciar la violación de los derechos mínimos que impide a los ciudadanos desplegar su buen vivir en una sociedad humana.  


En estos días el 11 de Septiembre nos invita a reflexionar sobre algo más que nuestra disposición a respetar ese “nunca más” conseguido después de tantas luchas en la calle y en tribunales, después de tantas quebraduras de mano a infames pactos de silencio provenientes de nuestras Fuerzas Armadas, después de tanta manipulación de los grandes medios de comunicación, "nunca más" que pudo llegar a consolidarse en materia de DDHH a nivel de opinión pública. La verdadera reflexión contenida en el 11 de Septiembre de hoy -y ya que nos encontramos ad portas de una elección presidencial- versa sobre aquellos valores desvirtuados por los defensores de un sistema económico perverso, sobre las injusticias cotidianas que sufre la ciudadanía a manos de quienes detentan el poder piramidal, sobre la pérdida de derechos sociales y de diálogo simétrico a la hora de intentar soñar un país inclusivo para todos. En fin, si logramos hacer eso, o sea, poner en ejercicio tal reflexión a partir de la imagen aún temblorosa de otro Chile posible, basado en las causas vitales y compromisos que llevaron a la muerte, a la tortura y a la desaparición a tantos compatriotas, ya sería un pequeño y esperanzador triunfo en tiempos donde la dictadura de los negocios y de la productividad económica ha usurpado casi totalmente el terreno deliberativo de la imaginación política.

sábado, 29 de julio de 2017

Sobre el deseo (una vez más).

Desde la Antigüedad Griega, específicamente desde el Diálogo El Banquete de Platón, el fenómeno del deseo ha estado configurado a partir de una cierta noción de carencia. En efecto, este tipo de deseo atestiguaría la distancia entre el objeto deseado y el sujeto deseante: el deseo sólo ardería allí donde pudiese existir una diferencia fundada en la carencia que evidencia nuestra propia incompletud. Pero el ardor del deseo, a su vez, buscaría anular dicha incompletud. El deseo anhela la plenitud. De ahí que la mayoría de los deseos se esmeren obsesivamente en suprimir la distancia entre él y el objeto deseado intentando poseer a este último. Sin embargo, ¿qué sucede cuando llevamos a cabo la experiencia contraria, la experiencia de habitar el deseo? Es decir, ¿cómo operaría en esta lógica del deseo la voluntad de distender, de esperar o de postergar lo deseado en favor de hacer vibrar una imaginación que se abastezca de aquel impulso del deseo a pesar de no obsesionarse con su materialización, con poseer lo deseado? Creemos preliminarmente que este otro tipo de deseo expresado a partir de la imaginación (por ejemplo: fantasear con el encuentro entre nosotros y la persona deseada bajo posibilidades creativas que gozan más de la trama que del desenlace) pone en crisis la concepción platónica tanto en su variante impulsiva como contemplativa. Así, se daría un desplazamiento desde el clásico deseo de la carencia hacia un deseo de la espera (¿sin esperanza?), lo cual no significaría más que trastocar, quizás voluntariamente, la naturaleza del fenómeno: pasar de ser presa de la avidez del deseo a la domesticación o sublimación imaginaria del mismo.

sábado, 22 de julio de 2017

Sobre el ajedrez y las máquinas.

"Alguna vez los hombres tuvieron que ser semidioses; si no, no habrían inventado el ajedrez.”
Alexander Alekhine.

Desde hace algunos años los mejores módulos computacionales de ajedrez derrotan en efectividad a cualquier ser humano que ose enfrentarlos. La inteligencia artificial de estos programas ha derribado cualquier intento, incluso el proveniente de los mejores jugadores del mundo, de generar una lucha medianamente equilibrada en una partida de ajedrez. Actualmente la máquina ha terminado por desbancar al hombre de su cetro de privilegio en cuanto al rendimiento de cálculo y concepción estratégica. En el marco de una batalla ajedrecística el resultado es lapidario para el hombre. Si se aprecia desde la perspectiva exclusivamente competitiva, el hombre se encuentra superado por la máquina y lo seguirá estando cada vez con mayor distancia.

Además de este fenómeno actual, la máquina amenaza algo peor. Mucho peor. Ya no una herida narcisista contra la hegemonía histórica de la inteligencia natural del ser humano, sino también con agotar las posibilidades del ajedrez mismo. Dado que se trata de un juego con ramificaciones y árboles de variantes finitos (al contrario que el lenguaje natural, el cual no yace limitado por los contornos de ningún tablero en el cual desenvolverse), la amenaza consiste en que la máquina consuma todas las partidas y posiciones posibles, sean estas irracionales o no para la concepción humana. Dicha hipótesis es probable que se concrete en un futuro próximo gracias a los módulos cuánticos que se esperan construir. La amenaza de un “Ojo de Dios” que revele lo absoluto de la ejecución ajedrecística parece cercana.  Así, da la impresión que el ajedrez se halla condenado a su muerte tanto en lo referente a la lucha de la inteligencia natural frente a la artificial como también en el agotamiento de sus misterios concernientes a la revelación de todas sus posiciones posibles.

Hasta ahí el diagnóstico. Y también el pronóstico. Ahora bien, cabe preguntarse lo siguiente: ¿Es similar afirmar que la ya consumada derrota deportiva de los hombres frente a las máquinas y la futura resolución de todas las partidas posibles de ajedrez marquen la muerte del juego mismo? ¿Acaso el desarrollo de la dimensión estratégica, el cálculo táctico, la fuerza de juego e, incluso, el saber agotado el juego gracias al conocimiento que nos otorgan las máquinas será sinónimo de la pérdida del horizonte de sentido de la disciplina ajedrecística?

El ajedrez en su aspecto competitivo es una máquina. Máquina que puede ser absorbida por otra máquina. Máquina que sólo puede ser absorbida y resuelta por una homogeneidad ideativa que es otra máquina que maneje su mismo lenguaje artificial, espacial y cuantificable en una evaluación. Sin embargo, soy un convencido que el ajedrez no sólo se reduce a su dimensión deportiva, a la efectividad de quién derrota al adversario. Registrar un historial de victorias es aún más rudimentariamente cuantificable que la evaluación que los módulos realizan de una posición determinada en la actualidad. El énfasis en el resultado y las evaluaciones encubre el sentido que palpita detrás de éstos: el del propio ajedrez. Este sentido reside justamente en la comprensión, en la humanidad de la comprensión que se filtra por medio de esta máquina del placer mental y masturbatorio que es el ajedrez. La comprensión, en términos ajedrecísticos y extra-ajedrecísticos, significa ser capaz de integrar el por qué de una determinada jugada, la inteligibilidad de un plan a largo plazo, la virtud de distinguir conceptualmente puntos débiles y casillas fuertes. Todo eso es parte del sentido invencible del ajedrez: traducir en lenguaje natural, en lenguaje humano, aquellos aspectos propios del desarrollo del juego. La comprensión contiene una explicación (algo que pueden hacer las máquinas muy bien) pero con un necesario superávit de sentido en lenguaje natural (algo que nunca podrán hacer las máquinas). La compresión, desde un prisma hermenéutico-existencial, es al mismo tiempo asimilación de lo extraño como propio y de lo propio como extraño: asombro ante el sentido que intentamos aprehender mientras siempre se nos escapa de las manos. La comprensión del sentido del ajedrez por los hombres, aunque sea fragmentada y pasajera, es lo realmente inagotable, lo inmortal.

Por lo mismo, creo que la profundidad comprensiva del ajedrez, su sentido conceptual capaz de traducirse al lenguaje natural, a la ambigua belleza de las palabras, se funda en la encrucijada de la fragilidad humana: en su lugar de estar en jaque constante. Es el jaque que nos constituye en tanto seres que luchamos por lo absoluto del conocimiento a la vez que yacemos atravesados por los límites de la finitud.

domingo, 28 de mayo de 2017

Sobre Patrimonio Cultural.

Hablar de patrimonio cultural es hablar de herencia. Es referir a aquellos recursos culturales, ya sean materiales o inmateriales, que nos han sido donados a través del tiempo por nuestros antepasados: somos herederos de aquellos objetos y expresiones que albergan la identidad y el espíritu de nuestros ancestros. En torno a la noción patrimonio cultural se congregan costumbres y tradiciones, valores e ideales, productos y procesos de producción, que en su tiempo representaron prácticas cotidianas y visiones de mundo fundamentales para muchas culturas. El actual conocimiento que tenemos de esa herencia nos permite aproximarnos a una comprensión mayor de nosotros mismos en cuanto género humano, a la vez que poner en operación una actitud ética de hermandad cultural.

Así, por ejemplo, las ruinas materiales de un hogar prehispánico o la enseñanza inmaterial de una lengua indígena en riesgo de extinción son bienes culturales que nos ayudan a ampliar la comprensión acerca de aquel pasado vivido por “otros” pero que nos sigue constituyendo hasta ahora, hasta nuestro presente. Y precisamente gracias a la relación que mantenemos con el patrimonio, gracias a la mirada respetuosa que damos al pasado y bajo la cual respira el interés por las formas de vida de esos “otros” hombres y mujeres que lo habitaron, podemos vivenciar la vibración de la idea del “nos-otros”. Aparición de un nuevo “nos-otros” capaz de hacernos sentir integrados a esos “otros” sujetos pasados, pese a todas las diferencias espacio-temporales, en un plano de interés por sus modos de vida y de tolerancia ante su diversidad.  Todo eso significa ser parte del proceso de herencia propia del patrimonio cultural extendido a un plano que junto con resaltar las particularidades identitarias de cada cultura también descansa en una idea universal y totalizadora de humanidad.

Sin embargo, desde el presente no podemos permanecer con la mirada apuntando exclusivamente al pasado para hundirnos en las obras y expresiones que hemos heredado por medio de él y, así, utilizarlas a nuestra propia voluntad tal cual se tratase de una apropiación de un objeto funcional. Eso sería un desplazamiento cosificador, mercantil o ideológico de las obras y expresiones heredadas que bien podría hacerlas correr el riesgo de destruirlas. Como sujetos presentes, que mantenemos una fuerte conciencia sobre la importancia del patrimonio histórico en todos sus niveles, se torna fundamental que también pensemos en las generaciones futuras. Su relevancia radica en rescatar las obras y expresiones del pasado, sino también resguardarlas y conservarlas de cara al porvenir. Somos el pasado del futuro; somos a quienes nuestros herederos intentarán conocer para comprendernos y, con ello, también comprenderse a sí mismos como humanidad. La claridad y el sentido de tal comprensión futura dependerá en gran medida de lo que podamos hacer nosotros, desde este presente, en el ámbito del patrimonio cultural.