Conquista. ¿Conquista? Otra vez
1492. No una, sino una y otra vez. Al menos dos modos de verlo o no verlo: 1) a
partir de la reiteración, del ir y venir de un recuerdo jamás del todo extinto
y, por eso, también en constante regreso; y 2) a partir de la persistencia, no
evidente ni manifiesta, de una voz, de un lenguaje, de un evento cuya fundación,
desde las sombras, nos sigue constituyendo.
En el primer caso, hablamos de la
reiteración del evento traumático, de su asedio sobre el aparato psíquico, de
la obsesión pendular en tanto vaivén fenoménico. Se trata de la reiteración del
recuerdo traumático que acosa al sujeto hasta el grado de identificarse con él:
el sujeto, víctima de un suceso traumático, se vuelve ese mismo evento: ha
nacido el eurocentrismo, el cual, por cierto, siempre estuvo allí. (Rimbaud lo
describió antes de irse a África, y sus palabras resuenan como si las hubiera
pronunciado desde un acantilado sobre el Mar Rojo: “Y se volvió a encontrar / ¿Qué?
La eternidad. / Es el sol / ido con la mar”). Por eso los complejos: los ojos
verdes, el buen porte, el apellido alemán, la alta cultura. Pero en realidad,
somos hijos de la chingada, del útero amerindio violado por el conquistador
europeo, de la madre a quien el propio huacho, el bastardo malparido que a la
vez estamos condenados a ser y no ser (condenados: a no saber quiénes somos),
le usurpó la voz para llamar al trauma con la voz de su padre, del violador
europeo, y así asemejarse a él: en la propia lengua del criminal. Y la única
manera de sobrellevar este trauma consiste en edulcorarlo, en romantizarlo. Si
no se puede detener su vaivén, el ir y venir de la culpa, es porque tal forma
parte de nuestro propio desdoblamiento. Pues bien, dulcifiquémoslo dentro de lo
posible: hasta hoy alabamos al padre europeo, buscando asimilarnos con él, ansiosos
de reconocer nuestros rasgos en sus fotos, esas que recortamos de las revistas primermundistas,
y, en contraste, descargamos ira y resentimiento contra nuestra madre y sus familiares,
contra nuestras culturas originarias y sus saberes ancestrales. “¡Somos lo que
queremos ser!” Gritamos a los cuatro vientos con decisión, con independencia;
pero siempre hemos querido ser el europeo moderno que no somos o, al menos, que
no somos del todo, o que viene como fantasma o que se queda como fantasma reflejado
en un espejo a ratos de tinta y a ratos de agua dulce. Ese recuerdo, esa
relación de dependencia/independencia con Europa, es aquello que regresa, que
oscila, que hiere: una ficción que, por su carga de deseo, fricciona como real.
Trauma y Paraíso Perdido: volver adonde nunca hemos pertenecido.
En el segundo caso, el trauma. en
cuanto enfermedad, hace síntoma. Nos hemos constituido gracias al lenguaje del
violador, siendo ésta nuestra marca de nacimiento. Razón impura, híbrida,
vacilante, sucia, vergonzosa de su origen. Pero hemos volteado el rostro, única
manera de llevar con nosotros lo que siempre ha estado allí. Buscamos
estabilidad dentro de la tormenta, construimos una barca donde estar seguros:
un Estado-Nación, una Universidad, otra espada, la misma cruz, una gama de
instituciones. El continuum que asegurase la tranquilidad, lo encontramos en la
luz civilizatoria que nos fue donada, la cual nos fue recubriendo poco a poco
hasta teñirnos con sus colores. Apaciguamos el caos, civilizamos la barbarie,
piedra a piedra, elevándonos hacia unas nubes que perdieron de vista cualquier
tierra. No nos preguntamos quiénes somos: asumimos que es mejor actuar antes que
pensar. Entonces optamos por lo más fácil: estela ilustrada, Filosofía Novomundista,
oligarquías del siglo XIX. Hasta bien entrado el siglo XX, no nos cansamos de
hacer de América y de su pluralidad cultural, una extensión homogénea
disponible para el Nuevo Mundo: sin saberlo, hicimos de América el objeto de
deseo destinado a satisfacer las pulsiones egóticas del colonialismo europeo.
Así, nos pensamos desde la violencia naturalizada del lenguaje: empezamos por
llamarle “Descubrimiento de América” (como si Europa le concediese a América el
beneplácito de, recién cuando aquella le ve, ingresar a la Historia Universal)
y a lo más llegamos a nombrarla “encuentro
de culturas” (como si hubiese sido un proceso simétrico, dialógico, de bien
pensado intercambio cultural); travestimos al padre todopoderoso en “Madre
Patria” sin que perdiera el rol de padre; institucionalizamos el evento
traumático resaltando el carácter fundacional del “Día de la Raza”. Muchos
siguen viviendo dentro de ese mito reconfortante, incapaces de ver lo que no
ven, para así conjura cualquier demonio incluso antes que se presente. Se trata
de un trauma que, día a día, hace síntoma pero cuyo evento originario no es
concebido como enfermedad (Neruda, pese a todo, habita desde dentro del trauma:
“Salimos perdiendo… Salimos ganando… Se llevaron el oro y nos dejaron el oro…
Se lo llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras.”) . Sólo en
la crisis, en las situaciones límites, lo reprimido se manifestará. Aquí el
problema no consiste en ignorar quiénes somos y, después, en intentar lidiar
con el conflicto de nunca llegar a saberlo; aquí el problema consiste en que ya
no hay problema. Lo que hay son síntomas: indiferencia, tecnocracia, productividad,
dinero, acumulación, explotación humana y devastación de la naturaleza, vergüenza
y soberbia. En fin, colonización y capitalismo (mercantil, industrial, neoliberal) como una misma enfermedad:
1492 como olvido olvidado.
¿Solución? No la hay. De eso se
trata: de inventarla. Pero desde aquí. Ni volver a un indigenismo
recalcitrante, haciendo cuenta que nunca pasó lo que pasó, lo innombrable de la
violación; ni desmontar paso por paso lo que ya innegablemente nos constituye,
la marca de un nacimiento no deseado. Tan sólo nos queda pensar, reconocer,
imaginar, incluso más allá de cualquier afán identitario, más allá de cualquier
clausura sobre un “nosotros” excluyente. Sólo eso. Fluir. No buscar lo que
debemos encontrar, sino encontrarnos en tanto buscamos. En una palabra: vivir
desde nuestro lugar. Hablar y escuchar. Escuchar y hablar entre nosotros y con
los otros: abrirnos desde aquí al infinito, desde un mestizaje incierto hacia
un cosmopolitismo salvaje. Y primero, reconocernos antes que conocernos.