miércoles, 16 de marzo de 2022

Memoria que imagina. Reseña sobre "Invisible" de Paul Auster




Tal vez uno de los aspectos más asombrosos de la narrativa contemporánea ha consistido en reafirmar -hasta la confirmación- algo que desde siempre se intuyó: nunca una narración se puede reducir a la historia que narra. Por el contrario, las técnicas narrativas actuales logran hacer de la historia un mero "pretexto" para desarrollar el virtuosismo del "arte textual". 

En efecto, la técnica del decir, el acto de contar, las reflexiones que los personajes no alcanzan a masticar, la intertextualidad, el silencio, las vacilaciones de una memoria dudosa de sí misma o los instintos de una imaginación deseante, son recursos narrativos que, en lugar de ponerse al servicio de un orden exterior (la verosimilitud del contenido, la complejidad de la trama, un desenlace clarificador, etc.), ellos mismos conforman el "foco" fragmentario e irreconstituible que prima sobre la historia. Para decirlo en una palabra: la novela como lúcido conglomerado y destello de partes que no precisan de un todo armónico en el cual encajar.

Este es el caso de Invisible (2009, Anagrama), admirable novela de Paul Auster. Dividida en tres capítulos, cada uno de ellos yace consagrada a distintos tipos de narradores. El joven y bello poeta neoyorkino, Adam Walker, comienza narrando en primera persona su arrollador encuentro con una pareja francesa, y cómo ésta lo adentra en un ambiente que alterna la ilusión literaria y la fascinación sexual con la más patológica violencia. 

La parte siguiente, es narrada en segunda persona por el propio Adam, más de cuarenta años después. A modo de memoria autobiográfica, hace referencia a los lados más oscuros de su pasado, donde se entremezclan la manipulación amorosa, algunos trazos familiares, fracasos literarios y una relación incestuosa. Esa segunda persona narrativa, de alguna manera, se explica no sólo a partir de la distancia culposa de Adam frente a su vida, sino la inventiva distorsionante del mismo: pasado de Adam que es él mismo, el mismo Adam, recordando y ficcionando, escribiendo mientras se hunde en una enfermedad terminal, habitando tanto un cuerpo -un harapo de cuerpo- que se excita en la memoria, así como una memoria que se va escapando de tal cuerpo doliente.

En el último capítulo opera un narrador-testigo, una profesora de literatura antigua enamorada de Adam que, pese a no haberlo visto durante décadas, mantiene su amor hacia él. Cuando sabe que Adam dejó escritas sus memorias antes de morir, las lee y se siente con el deber de zanjar los asuntos pendientes. Por eso, escribe esa última parte, con la cual se cierra el libro.

Invisible es el título de un desajuste. Se trata de una novela escrita desde el perspectivismo posmoderno, donde, al final, ninguna solidez o facticidad preexiste a lo narrado. Memoria, instintos, deseos, humillaciones, culpas; todo se deshace en un mar invisible. Pero esa misma invisibilidad, existe: es el espacio imaginativa donde se despliegan y contraen los sentidos de la ficción; la posibilidad de ir y venir dotando de voluntad y significado al simple hecho de existir.

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